La voz cívica y el corazón de Otavalo

Hablar del licenciado César Darío Pavón Sánchez es evocar a uno de esos hombres cuya presencia no se apaga con el tiempo. Fue maestro, dirigente, concejal, deportista, orador y, sobre todo, un sembrador de voluntades. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo de cerca sabemos que poseía un don extraordinario: la capacidad de motivar, de encender el espíritu cívico y de hacer sentir que amar a Otavalo era también una responsabilidad colectiva.

Nació en Otavalo el 10 de noviembre de 1938. Desde muy joven destacó por su disciplina y brillantez académica. Realizó sus estudios primarios en la escuela Católica Ulpiano Pérez Quiñones y la secundaria en el Colegio Nacional Otavalo, donde fue reconocido siempre como uno de los mejores estudiantes de su generación. Más tarde obtuvo el título de Licenciado en Psicología en la Universidad Central del Ecuador, consolidando así una formación humana y profesional que marcaría profundamente su vida pública.

Creció en el tradicional barrio El Batán, donde también floreció su pasión por el deporte. Practicó básquetbol y defendió con entusiasmo los colores del club “31 de Octubre” en el fútbol. Formó parte además del club “Stalingrado”, posteriormente conocido como “Imbabura”, espacios en los que cultivó el compañerismo y el espíritu de comunidad que lo acompañarían toda la vida.

Su verdadera vocación, sin embargo, estaba en la educación y el servicio. Inició su trayectoria profesional en el Colegio Nacional de Señoritas República del Ecuador, donde muy pronto destacó como maestro y posteriormente como Vicerrector. Pero su mayor legado educativo surgiría en 1969, cuando junto a varios compañeros decidió fundar un colegio nocturno destinado a quienes trabajaban durante el día y no tenían acceso a la educación regular. Así nació el colegio “Jacinto Collahuazo”, el 13 de febrero de 1969, inspirado en la memoria del primer intelectual indígena otavaleño, símbolo de resistencia y dignidad cultural.

Muchos lo recuerdan como maestro en el Instituto Normal Superior “Alfredo Pérez Guerrero”. Allí no solo enseñaba materias; enseñaba valores, civismo y amor por la tierra propia. Sus alumnos aprendían de él que la educación debía formar ciudadanos comprometidos con su pueblo y su historia.

El licenciado César Pavón jamás permaneció indiferente frente a las necesidades de Otavalo. Fue elegido concejal del Ilustre Municipio en varios períodos y llegó también a ocupar la Vicepresidencia del Concejo Municipal. Su palabra firme y apasionada resonó además en el Comité Ejecutivo de las Fiestas del Yamor, donde defendió siempre el valor cultural y comunitario de las celebraciones.

Quienes lo escuchamos hablar saben que sus discursos no eran simples intervenciones públicas: eran verdaderas lecciones de identidad y pertenencia. Su voz transmitía emoción genuina y un profundo amor por la ciudad que lo vio nacer. Solía repetir con orgullo:

“El mejor trabajo fue servir a Otavalo y el mejor reconocimiento es el afecto, el cariño y el saludo del pueblo otavaleño”.

Y también quedan grabadas para siempre aquellas expresiones tan suyas, tan llenas de afecto y compromiso, doy fe , lo que dijo y está escrito en el “Otavaleando” del estimado amigo Galo Santillán.  “Hijiticos del alma… yo siempre preparado para las batallas cívicas por la tierrita, hijito. Si hacer la fiesta no es novelería, hijo. Es una conscripción cívica; óiganme bien, conscripción cívica”.

En esas frases sencillas vivía toda su esencia, la cercanía humana, la pasión por las causas colectivas y la convicción de que servir a la comunidad era un honor.

Compartió su vida junto a doña Marianita Haro, con quien formó una familia y procreó a sus hijos Elena, Mauricio e Iván. Su hogar fue también un espacio de afecto, principios y ejemplo.

El 1 de mayo de 2021, a los 82 años, partió físicamente en la ciudad de Otavalo. Sin embargo, hombres como César Pavón no desaparecen. Permanecen en las aulas que ayudaron a construir, en las generaciones que formaron, en las calles que defendieron y en la memoria agradecida de su pueblo.

Hoy, al rendirle homenaje, no recordamos únicamente a un amigo educador o a un servidor público. Recordamos a un hombre que convirtió el amor por su tierra en una misión de vida.

Un otavaleño ejemplar cuya voz todavía parece recorrer los callejones de la ciudad, convocándonos ,como siempre lo hizo, a trabajar unidos por la “tierrita”.