Música y memoria desde el corazón del querido barrio San Blas en Otavalo

MARCO Y PATRICIO CAMPOS: LOS HERMANOS QUE HICIERON DEL VIENTO SU MELODÍA

Hablar de Marco y Patricio Campos es hablar de la raíz misma de la música otavaleña. Hijos de don José Campos P., y herederos de esa vena artística que corría también por las manos sabias de mi abuelo Segundo Rafael Campos Pastillo, ambos músicos de la Banda Municipal de Otavalo, crecieron entre partituras invisibles y ensayos que parecían eternos, pero que en realidad eran escuela de vida.

Corrían los años 70 cuando los Hermanos Campos ya eran conocidos en cada rincón donde sonara una guitarra. Eran jóvenes, sí, pero con alma de viejos trovadores. Cuenta la familia y esto no lo niega nadie, que, en una fiesta en San Blas, Patricio afinaba la guitarra con tanta concentración que ni se dio cuenta que Marco ya estaba cantando … ¡con la guitarra desafinada! Y aun así, la gente aplaudía. “No importa afinada o no, decía mi tío Jorge, maestro constructor   de las mejores guitarras e instrumentos de cuerdas en Otavalo, estos Campos ya tienen el ritmo en la sangre”.

Ellos no solo tocaron música, la vivieron, la caminaron, la sembraron. Fueron la base firme sobre la que luego se levantaría el sueño colectivo de Inca Taky.  Su disciplina, su complicidad de hermanos y ese humor fino que nunca faltaba, sobre todo cuando alguno se equivocaba y el otro le “miraba feo” en pleno escenario, los convirtió en pilares de una historia que hoy cumple medio siglo. Recuerdo claro la expresión de Miguel Salazar + en escenario cuando les presenté en un show y pregunté al público, el significado del nombre del Grupo y un despistado del publico grito “caras de Inca” ….

 EDUARDO GONZÁLES: EL HOMBRE QUE LE SOPLÓ VIDA AL SUEÑO

Si hay alguien que literalmente desde muy joven salió de la tierra en busca de vida, y “sopló” el destino de Inca Taky, ese fue Eduardo Gonzáles, hermano de padre de Magdalena, Marco y Patricio, pero hermano de alma de toda una generación, Eduardo no solo tocaba quenas y flautas… las creaba, las moldeaba, las hacía cantar.

Dicen que, en sus inicios, cuando aún construía sus propios instrumentos, una vez llevó una quena recién hecha a una presentación. Todo iba perfecto hasta que en la nota más alta… ¡la quena se partió! El público quedó en silencio, pero Eduardo, sin perder la calma, dijo: “Tranquilos, esta era versión desmontable”. La carcajada fue general… y desde ese día, también inolvidable.

Fue en 1973 cuando ese “picazón musical” le inquietó el alma. Y en 1976, en una fiesta familiar en Huaquillas, de esas donde hay más músicos que invitados, nació el grupo. No era trío, no era dúo… era “grupo”, porque así lo sentían: grande desde el inicio. Él propuso el nombre: Inca Taky, el “Canto del Inca”, “Rey de la música” declaración de identidad y orgullo.

El eterno Director Marco, la primera voz Patricio , Eduardo no solo lideró, también unió, gestionó, soñó y luchó. Viajó, volvió, trajo consigo a su familia y un proyecto que no era solo musical, sino cultural. Hoy, su legado vive en cada nota… y en cada joven que se atreve a creer que la música también puede cambiar destinos.

Lo del Quilmes es otra historia ..ya lo contaremos.

 INCA TAKY: UNA FAMILIA QUE HIZO DEL MUNDO SU ESCENARIO

Inca Taky no es solo un grupo musical. Es una familia extendida, una historia tejida con cuerdas, vientos y pasos firmes. Desde aquella noche en Huaquillas hasta los escenarios de Perú, Ecuador y más allá, su música ha sido puente entre culturas.

Se sumaron nombres que hoy son memoria viva: César Bautista, el recordado “Tío” Humberto Cotacachi +, quien, afinaba la voz con “puro”, Miguel Salazar, Alonso Gualsaquí, Alonzo Córdova, Tocayo Sandoval, Fernando Hinojosa, Galo Santillán, Eduardo Gómez, Santiago Chicaiza, Sixto Gonzales hijo … y tantos otros que hicieron y hacen del grupo, un verdadero semillero de talento.

En Guayaquil vivieron sobre escenarios, viajando de ciudad en ciudad, llevando su arte donde los llamaran. Y cómo olvidar aquella época en la Peña del Yamor, donde Inka Taky era número fijo. Un músico extranjero, maravillado, dijo alguna vez: “Estos no tocan música… cuentan historias con instrumentos”.

Grabaron el LP Promesas, viajaron al mundo en los años 90, y aunque hubo pausas, el espíritu nunca se apagó. Porque cuando la música nace del alma, siempre encuentra el camino de regreso.  Inka Taky no es solo una agrupación musical. Es una historia de persistencia, de familia, de herencia cultural. Es el reflejo de generaciones que encontraron en la música una forma de narrar su historia, de defender su identidad y de compartir su esencia con el mundo. Cada integrante, cada etapa, cada viaje, ha sido parte de un tejido que hoy se mantiene vivo gracias al compromiso y amor por el arte.

Hoy, a 50 años de aquel inicio, Inca Taky renace con fuerza. A los históricos se suma una nueva generación, liderada por el joven maestro Sixto Gonzáles Mendoza, hijo de Eduardo, nieto del legado, heredero del viento y del canto.

Cuentan que, de niño, Sixto se dormía bajo las mesas mientras ensayaban… y despertaba afinando mejor que todos. “Este guambra ya viene con la música instalada”, decían entre risas.

Hoy celebramos no solo una trayectoria, sino una herencia viva. Inca Taky es prueba de que la música no tiene fronteras ni raza cuando nace desde la identidad y el amor. 

Gracias, maestros, por enseñarnos que la paz, la cultura y la memoria también se cantan.  Y que siga sonando el Taki del Inca, porque mientras haya quien escuche… habrá historia que contar en Otavalo

Por Marcelo Campos Encalada