Acabo de leer “Comunicación técnica / no es lo mismo que megáfono en mano”, un texto que creo no solo es una crítica, es un síntoma de algo más profundo en la gestión pública de Otavalo. Aquí no se cuestiona únicamente la forma de hablar de una autoridad, sino la ausencia de una estrategia real de comunicación institucional.
Pero que significa el fondo del mensaje que escribe Carlos Andrés Cisneros P.
El texto plantea una diferencia clave, hablar no es comunicar. Y en política local, esa diferencia es determinante. La crítica apunta a que las intervenciones públicas actuales, no tienen estructura, ni objetivo claro, carecen de síntesis y coherencia, no logran conectar con la ciudadanía y generan saturación en lugar de confianza.

En términos periodísticos, lo que se denuncia es una falla en la construcción del mensaje público, que debería cumplir esas tres funciones básicas, informar, generar credibilidad y orientar a la ciudadanía.
Claramente este pronunciamiento refleja el desgaste en la relación entre autoridades y ciudadanos. Cuando la gente percibe que los discursos son largos, confusos o vacíos, ocurre algo peligroso, la palabra oficial pierde valor.
Y cuando eso pasa, se abre un vacío que puede ser ocupado por rumores, desinformación o apatía. El texto también deja entrever una crítica interna, no necesariamente es que no existan profesionales de la comunicación, si los hay, sino que no están siendo escuchados y/o sus propuestas no son tomadas en cuenta, y esto no siempre es por desconocimiento, sino por conveniencia política.
Y ahí está el punto estratégico, la comunicación política gana elecciones, pero la comunicación pública sostiene gobiernos, ya que responde a un plan vinculado al Plan de Desarrollo y Ordenamiento Territorial (PDOT). Cada mensaje tiene un propósito; informar, prevenir, rendir cuentas o movilizar y para que funcione como herramienta de gobierno, no basta con “salir a hablar”, debe cumplir condiciones técnicas y éticas claras. Sin tratar de justificar, creo que eso habla de la improvisación en la gestión comunicacional.
El mensaje es duro, incluso incómodo, pero necesario. En la política actual, la comunicación institucional no es un accesorio que hay que verle de reojo, o solucionar contratando a agencias externas para que con otros enfoques que priorizan, imagen sobre gestión, venden narrativa, no información, responden a intereses políticos, no ciudadanos, y como resultado, den una bonita publicidad, pero débil gobernanza. La comunicación pública, no es propaganda ni ornamento, es una herramienta de gestión que exige técnica, criterio, respeto por el tiempo y la inteligencia de la ciudadanía. Esta comunicación puede sostener o debilitar la gobernanza de un GAD municipal.
Coincido con el llamado de fondo de Carlos Andrés, no se trata de hablar más, sino de decir mejor. La gente no cree en quien habla bonito, sino en quien, dice la verdad, reconoce errores, cumple lo que anuncia. Una autoridad que no comunica bien, pierde liderazgo, debilita su gestión, se aleja de la ciudadanía y en contextos locales como Otavalo, donde la cercanía con la gente es clave, esto se vuelve aún más crítico.
Sin embargo, también hay que decirlo, la crítica sería más constructiva si se abre espacios de diálogo y no solo de confrontación, cierto es, que es muy necesario contar con profesionales periodistas con conocimientos de Comunicación estratégica, Manejo de crisis y una Dirección de Comunicación, no es espacio para improvisados, ni cuotas políticas. Mejorar la comunicación institucional no pasa únicamente por señalar errores, sino por construir soluciones.

Así, este texto de Andrés Cisneros P., es un llamado de atención que debería ser tomado en serio.
Y muy de acuerdo, no es un ataque, es una advertencia clara. Cuando el discurso se vuelve ruido, el poder empieza a perder escucha. Y en democracia, quien no logra ser escuchado, deja de influir.