Ayer asistí a una rueda de prensa. Lo que debería haber sido un espacio de reencuentro profesional se convirtió en una experiencia agridulce. Me encontré con colegas de antaño: algunos en permanente formación, otros ya profesionales consolidados… y otros, lamentablemente, apenas en camino, pero con una actitud que nada tiene que ver con la vocación.  Las preguntas –ese momento de preguntar en cualquier rueda de prensa– parecían improvisaciones sin contenido. No había análisis previo, ni lectura, ni preparación, ni siquiera respeto por la profesión. Era como si lo importante fuera ser vistos, no preguntar.

Y allí emergió nuevamente la pregunta que tantas veces me asalta:

¿Es necesario tener un título universitario para ejercer el periodismo?

La eterna discusión del título.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en su Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión, afirma de manera contundente:

La exigencia de títulos o colegiatura para ejercer el periodismo es una restricción ilegítima.

Es decir: cualquiera puede informar. No porque comunicar sea fácil, sino porque está profundamente ligado al derecho universal de expresar y recibir ideas.

El Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Artículo 13 de la Convención Americana reiteran lo mismo: informar es un derecho humano, no un privilegio académico.

Entonces, ¿por qué estudiar Comunicación?

Porque la formación no limita el derecho: lo dignifica.

Quien estudia, se prepara mejor. Quien se prepara, sirve mejor. La comunicación necesita profesionales que comprendan la ética, la investigación, la historia, el contexto, la responsabilidad social. No para excluir a otros, sino para aportar calidad y profundidad.

El oficio mal entendido

El problema no es que cualquiera pueda comunicar; el problema es que muchos lo hacen sin consciencia, sin técnica, sin ética. Algunos creen que el micrófono es una espada y la cámara un trofeo. Otros se vanaglorian de su ignorancia disfrazada de espontaneidad. Y algunos sienten que el periodismo es un podio que los eleva por encima de todos.

Pero comunicar no es dominar: es dialogar.

La comunicación como encuentro, no como artillería.

A lo largo de la historia, ciertos líderes han confundido la comunicación con un arma ideológica. Se habló incluso de la “artillería del pensamiento”. Se creyó que el micrófono servía para bombardear ideas contrarias.

No somos ingenuos. Claro que existen medios vendidos al poder económico, a la desinformación, al sensacionalismo.

Pero la respuesta no puede ser replicar la violencia simbólica.

El comunicador ético no vence: convence.

No humilla: dialoga.

No impone: construye.

La comunicación auténtica es bidireccional, colectiva, participativa. No es propaganda ni manipulación. Es un espacio donde la gente piensa con libertad, intercambia ideas y ejerce ciudadanía.

La era de las redes: cuando todos son “periodistas”

Las redes sociales democratizaron la palabra, sí. Pero también la banalizaron. Hoy todos informan, todos opinan, todos “publican primicias”, todos “denuncian”.

El problema no es que todos tengan voz. El problema es que muchos la usan sin ética:

sin verificar, sin leer, sin contrastar, sin entender el impacto.

Una fake news puede destruir reputaciones, manipular elecciones, sembrar odio, crear pánico o arruinar familias enteras. Difamar ya no requiere micrófonos ni imprentas: basta con un clic.

Responsabilidad legal: la libertad no es impunidad

La libertad de expresión protege la opinión, pero no protege la mentira deliberada.

Una denuncia sin pruebas puede constituir:

Calumnia: atribuir falsamente un delito.

Injuria: ofender la dignidad de otra persona.

Difamación: divulgar información falsa que daña reputación.

Éxito ilícito en redes: viralizar contenido falso con intención de daño.

Todas son sancionables civil y penalmente.

La libertad de expresión no es carta blanca para destruir al otro.

No olvidar el deber de honrar la palabra

La comunicación no es adorno, ni vanidad, ni reflejo de ego.

Es un acto de servicio.

Un pacto con la verdad.

Un compromiso con la ciudadanía.

Estudiar, prepararse, leer, preguntar, verificar… no es elitismo.

Es respeto a la profesión y a la gente.

Porque comunicar es unir.

Informar es un derecho.

Y la ética, esa sí, debería ser obligatoria.

La comunicación —como las familias— solo se sostiene cuando existe respeto.

El respeto construye confianza.

La confianza evita conflictos.

Y la verdad mantiene unida a la comunidad.

Así como en la familia la palabra debe ser honesta y cuidadosa, también en la sociedad debemos entender que una mentira, una insinuación falsa o una acusación sin sustento puede herir de manera irreparable.

La información es poder. Usémosla con responsabilidad. Porque una fake news puede dividir, destruir o enfrentar.  Pero una palabra verdadera, dicha con ética y con respeto, siempre construirá unidad.