Cuando los de “arriba” tienen la valentía de escuchar verdades incómodas con gratitud y no con defensividad.

Leyendo y participando en el foro con Alex Ureña en LinkedIn, un colega de “Líderes Evolutivos” que implementa estrategias de liderazgo, cultura y bienestar para organizaciones que quieren ser más humanas, y desde una mirada periodística y sistémica, participo indicando que la retroalimentación no es un accesorio del liderazgo moderno: es su columna vertebral.

La retroalimentación como núcleo de la agilidad organizacional

En entornos atravesados por la incertidumbre, política, institucional, tecnológica o social, la supervivencia de cualquier organización depende de su capacidad para autorregularse. Y esa autorregulación solo es posible cuando existen flujos de información constantes, honestos y bidireccionales.

La retroalimentación cumple la función que en los organismos vivos tiene el sistema nervioso: detecta errores, anticipa riesgos, corrige desvíos y permite aprender antes de que el daño sea irreversible. Cuando ese flujo se interrumpe, la organización pierde sensibilidad, se vuelve torpe y termina reaccionando tarde.

Sin embargo, la técnica por sí sola no basta. Formularios, indicadores, “dashboards” o evaluaciones 360° fracasan si no se sostienen sobre un modelo de vida organizacional que equilibre dos fuerzas esenciales:   La humanidad del encuentro (escucha real, respeto, empatía), y la rigurosidad de la técnica (método, datos, procesos claros).

Dar y recibir retroalimentación de forma correcta no es un trámite administrativo: es una oportunidad evolutiva. Para la persona que habla, porque aprende a comunicar con responsabilidad. Para quien escucha, porque amplía su conciencia. Para la organización, porque se adapta sin romperse.

La valentía empieza arriba: vulnerabilidad estratégica

A medida que una persona asciende en la jerarquía, el aire se vuelve más delgado y las verdades más escasas. No porque la realidad cambie, sino porque el poder introduce miedo. Se instala entonces un vacío de retroalimentación: la información ya no fluye limpia, llega filtrada, suavizada o, peor aún, no llega.

La vulnerabilidad estratégica es el acto consciente y valiente de romper ese aislamiento. No se trata de debilidad ni de exposición ingenua, sino de una decisión política y ética: mostrarse humano para habilitar humanidad.

Imaginemos a un director que, en lugar de blindarse detrás de una gráfica de éxitos, inicia una reunión compartiendo un error reciente y lo que aprendió de él. Esta práctica, conocida como “sunshining”, no reduce su autoridad: la redefine. Cuando un líder pregunta con honestidad

“¿Qué comportamiento mío les está dificultando el trabajo?”

“¿Qué perspectiva estoy dejando de ver?”  no pierde poder; desactiva el miedo.

En ese momento ocurre un cambio profundo pero silencioso: el contrato invisible del equipo se reescribe. La verdad deja de ser un riesgo y se convierte en un valor. El aprendizaje colectivo se impone al ego individual. La crítica deja de ser ataque y se transforma en insumo.

Cuando los de arriba tienen la valentía de escuchar verdades incómodas con gratitud y no con defensividad, crean el clima donde todos pueden respirar. La retroalimentación fluye, la organización aprende y la agilidad deja de ser un discurso para convertirse en práctica cotidiana.

En definitiva, la valentía del liderazgo no consiste en tener todas las respuestas, sino en crear las condiciones para que las preguntas correctas puedan ser dichas.

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